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Obras Maestras (III): Black Sabbath – Black Sabbath (1970)

Jue, 20 enero, 2011

La lluvia cae con fuerza, diluvia. Una campara repica periódicamente a lo lejos. Se escucha un trueno. La campana sigue repicando. Se escucha un segundo trueno, con más fuerza, y de repente, una guitarra distorsionada sonando rítmicamente junto con una batería, que no ocultan el sonido de la campana, que continúa hipnotizándonos. Algo grande está pasando… algo grande va a pasar. Y cuando escuchamos una siniestra voz, llena de terror, preguntarse qué es lo que tiene ante él, sabemos que un género musical acaba de nacer.

Así comienza la primera canción del primer disco del primer grupo considerado como Heavy Metal. Un término que engloba demasiados estilos y que, por ello, ha llegado a devaluarse, a mi juicio. Pero estoy divagando… Lo realmente importante, es que estamos escuchando Black Sabbath al cubo, y nos encontramos ante su esencia pura. Esa guitarra, rítmica e hipnótica, pertenece a Tony Iommi. Algunos especulan que su peculiar sonido se debe en parte a una amputación de la última falange del dedo anular de su mano izquierda mientras trabajaba en una prensa, y a la funda de cera que emplea para cubrirla. La siniestra voz que se empieza a ganar el título de príncipe de las tinieblas, es la de Ozzy Osbourne. No es la voz que a un padre le gustaría que cantase nanas a sus hijos, desde luego, pero estaba en el sitio adecuado en el momento adecuado.

Y la sección rítmica original de este grupo, una de las más infravaloradas de todos los tiempos. Bill Ward a la batería y Terence “Geezer” Butler al bajo. A Butler le debemos no solo la idea de hacer música “de terror, con un ambiente tétrico“, sino también un aporte indispensable para llevarlo a la práctica. Bueno, y el nombre definitivo del grupo, que antes se llamaba Earth y cambió debido al título de una película de terror y una pesadilla que él mismo había tenido, la misma que le inspiró la primera canción que ya hemos descrito profusamente. And last but not least, Bill Ward es un gran batería, que por alguna razón, nunca llegó a los debates sobre quién era el mejor en los que sí estaban John Bonham, Ian Paice, Keith Moon…

La música de Black Sabbath, sobre todo en sus comienzos, es inseparable de su ciudad de procedencia. Birmingham era por aquel entonces una gris ciudad industrial, alienante como pocas. Es en este contexto, en el que el colorido hippie que imperaba en aquel entonces no tenía demasiada cabida, en el que el grupo comienza a ralentizar y hacer más rítmico y contundente su blues rock que les llevó a ser reconocidos, no sólo como la primera banda de heavy metal, sino también como la primera banda de doom.

Y de su extensa discografía con varios cantantes, en la que solo Tony Iommi permaneció siempre en la banda, he elegido la formación original. De los 8 discos que grabaron con esta formación, convirtiéndose 6 de ellos en clásicos intemporales, he elegido el primero. Por encima de Paranoid, tal vez el más exitoso. Por encima de Sabotage, el más pulido. Así que me toca explicar porqué para mí ésta es su obra maestra. Tiene mucho que ver lo revolucionario. En 1970, todos los integrantes apenas habían superado la veintena. Eran un grupo de jóvenes desconocidos que se lanzaron a hacer una música impensable por aquel entonces, sin ninguna garantía de éxito. Y también lo he escogido por la atmósfera que nos arrastra a través del disco, que hace de cada canción una experiencia única. Empezando por la primera canción, en la que Ozzy más que un cantante parece un actor que se encuentra con una fantasmagórica figura vestida de negro que le persigue.

No se puede decir que el álbum tenga continuidad, porque la segunda pista es The Wizard, un tema conducido por una armónica y mucho más optimista que el anterior, para dar paso a la amenazante Behind The Wall Of Sleep, en la que Butler da una magistral lección de bajo. No quiero aburrir a nadie que haya sido capaz de leer hasta aquí con una monótona crítica canción por canción, pero hay ciertos momentos en el disco que me gustaría compartir en este artículo. Como la introducción cantada de Sleeping Village, los resignados 10 minutos deliciosamente interminables de Warning o los desgarradores solos llenos de blues de Wicked World. Y no quiero dejar fuera la intro de bajo de N.I.B., siglas sobre las que mucho se ha especulado, pero que a no ser que esté mal informado, nunca se supo a ciencia cierta que significaban.

Sólo me queda recordaros que, cuando se escribe sobre música, sobre todo sobre una obra maestra, ni el más talentoso escritor puede acercarse a las sensaciones que produce una escucha. Así que yo, desde mi torpeza, sólo pretendo animar a escuchar el disco a quien no lo conozca o traer algún recuerdo a quien ya lo haya escuchado.

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